El día que la gente miró al cielo
Pocas veces me he parado a pensarlo, pero hay un gesto que hemos ido perdiendo casi sin darnos cuenta: levantar la vista.
Basta con subir a un autobús, entrar en una sala de espera o sentarse en una terraza. Casi todos vamos igual: la cabeza inclinada, los ojos fijos en una pantalla pequeña que nos cabe en la mano. Allí recibimos las noticias, las preocupaciones, las prisas. Las guerras que no terminan, los precios que suben, las discusiones de siempre. Vivimos informados de todo y, sin embargo, muchas veces con el corazón cansado.
Por eso, cada 13 de octubre, me gusta volver a una escena que ocurrió hace 109 años en un descampado de Portugal. Una escena en la que miles de personas hicieron justo lo contrario: levantaron los ojos al cielo.
Una cita anunciada
Desde mayo de 1917, tres niños pastores, Lucía, Francisco y Jacinta, decían que una Señora vestida de luz se les aparecía en Cova da Iria, casi siempre el día 13 de cada mes. Muchos se burlaban. En agosto, las autoridades llegaron a detener a los niños para que confesaran que todo era un engaño. Pero ellos no cambiaron ni una palabra.
Además, la Señora les había hecho una promesa: en octubre diría quién era y haría un milagro para que todos creyeran.
Aquel 13 de octubre llovía sin parar. El campo era un barrizal. Y aun así se reunieron allí decenas de miles de personas; los cálculos más repetidos hablan de unas setenta mil. Había creyentes, curiosos, campesinos, gente de ciudad, y también periodistas y escépticos que habían ido a comprobar con sus propios ojos que todo aquello era un engaño.
«Soy la Señora del Rosario»
Hacia el mediodía, la Virgen se apareció por última vez a los tres niños. Lucía le preguntó quién era, y la respuesta fue sencilla: «Soy la Señora del Rosario». Pidió que se construyera allí una capilla en su honor y repitió lo que había pedido en cada aparición: «Continuad rezando el Rosario todos los días».
Y, con una tristeza que Lucía nunca olvidó, añadió: «Que no ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido».
Fíjense: el último mensaje de Fátima no fue una amenaza ni una profecía espectacular. Fue una petición de madre. Rezad. No le hagáis más daño. Volved a Dios.
El sol que bailó
Entonces ocurrió lo que nadie esperaba. La lluvia cesó, las nubes se abrieron y apareció el sol. Pero no como siempre: se le podía mirar de frente sin que dañara la vista, como un disco de plata. Y empezó a girar sobre sí mismo, despidiendo luces de colores que teñían a la gente y al paisaje. Después pareció desprenderse del cielo y precipitarse hacia la tierra. Hubo gritos, gente de rodillas pidiendo perdón en voz alta. Y luego el sol volvió a su sitio.
Cuando todo terminó, muchos se dieron cuenta de algo más: sus ropas, empapadas hasta hacía unos minutos, estaban secas.
Lo más llamativo para mí es quién lo contó. Uno de los relatos más conocidos lo publicó, dos días después, un periodista de un diario de Lisboa nada favorable a la Iglesia. Había ido a Fátima con bastante ironía. Su crónica se tituló «Cómo bailó el sol al mediodía en Fátima». Y hubo testigos que lo vieron desde pueblos situados a varios kilómetros, que no estaban pendientes de ninguna aparición.
Mientras tanto, los niños veían algo distinto junto al sol: primero a San José con el Niño Jesús, bendiciendo al mundo, junto a la Virgen; después a Nuestro Señor con Nuestra Señora de los Dolores; y por último a Nuestra Señora del Carmen.
La Iglesia, con la prudencia que la caracteriza, estudió todo durante años. El 13 de octubre de 1930 el obispo de Leiria declaró dignas de fe las apariciones. Nadie está obligado a creer en ellas como se cree en el Evangelio, pero la Iglesia nos dice que podemos acogerlas con confianza. Y los frutos de Fátima, en conversiones y en oración, llevan más de un siglo hablando por sí solos.
¿Qué nos dice hoy?
A veces pienso que, si el milagro del sol ocurriera hoy, la mayoría lo veríamos a través de la pantalla del móvil, grabándolo para enviarlo a algún grupo. Y quizá nos lo perderíamos.
Porque lo importante de aquel día no fue solo lo que hizo el sol. Fue que setenta mil personas, empapadas y cansadas, dejaron de mirar al barro y miraron hacia arriba. Fue que muchos que habían ido a reírse volvieron a casa rezando.
Nosotros no necesitamos que el sol baile para saber que Dios está cerca. Pero sí necesitamos, de vez en cuando, levantar la vista. Apartar un momento lo que nos absorbe y mirar hacia lo que de verdad importa.
Y la Virgen nos dejó el modo de hacerlo, al alcance de cualquiera: el Rosario. No es casualidad que octubre sea el mes del Rosario, ni que en su última aparición quisiera presentarse precisamente con ese nombre. Unas cuentas en la mano, unos minutos al día, y el corazón vuelve a mirar al cielo.
Una propuesta para este 13 de octubre
Les propongo algo sencillo. Este 13 de octubre, guardemos el móvil un rato. Recemos un misterio del Rosario, o el Rosario entero si podemos, por la paz del mundo y por quienes más lo necesitan. Y, si es posible, salgamos un momento afuera y miremos al cielo, aunque sea un minuto.
No esperemos ver bailar el sol. Basta con recordar que Alguien nos mira desde allí con amor de Madre, y que sigue diciéndonos lo mismo que hace 109 años:
«Continuad rezando el Rosario todos los días»
José Francisco
Apostolado de Fátima en Mallorca