Estamos a pocos pasos del final del cristianismo sociológico. De aquel cristianismo en el que el cristiano y el ciudadano coincidían, y en el cual no se podía haber otra cosa que cristianos: la fe heredada, y por lo tanto debida, descontada, obligada. Ha terminado el tiempo del «catecumenado sociológico».
Caminamos hacia un tiempo en el cual las personas, inmersas en un pluralismo cultural y religioso, elegimos ser cristianos o no, porque la cultura actual no transmite más la fe, sino la libertad religiosa.
La respuesta inadecuada a esta situación es la de la nostalgia, que se traduce en una pastoral de multiplicar el trabajo pastoral para que las cosas vuelvan a la fe como estaban antes, cuando todo el mundo estaba relacionado con la Iglesia. Se trata de una generosidad pastoral mal orientada. Si la Iglesia continúa permaneciendo fija en lo que le está a sus espaldas, muy pronto será transformada en una estatua de sal (Gn 19,26). Se trata de buscar los «odres nuevos»: una manera de ir buscando nuevas formas de evangelización; incluso podemos adaptar las nuevas iniciativas que a los hermanos separados les puedan ir bien.
La dirección correcta es la de una pastoral de la propuesta, de una comunidad que, en su conjunto, en todas sus expresiones y dimensiones, se haga testigo del Evangelio dentro de, y no en contra del, propio contexto cultural.
La Iglesia en salida — discípulos misioneros
Nosotros nacimos como levadura; con el tiempo nos hemos convertido en masa —el cristianismo sociológico— y hemos perdido nuestra fuerza de ser levadura. El Señor está reconduciendo su Iglesia a vivir como una minoría. La tentación eclesial puede ser la de replegarse en una «secta minoritaria», es decir, «aparte» de la historia y de la cultura, o peor, una minoría «contra». ¿Cómo ser minoría de magnitud y no minoría secta o minoría contra? Esto es lo que está en juego.
¿Debemos lamentarnos frente al escenario no cristiano actual? Para la Evangelii Gaudium hay que alegrarse, porque lo que nos espera es potencialmente mejor que lo que estamos perdiendo.
Dejamos el cristianismo de la costumbre y la obligación; nos estamos moviendo hacia una adhesión a la fe marcada por la libertad y la gratuidad. Me parece que este es un primer elemento decisivo que acoger de la Evangelii Gaudium: el propio título expresa la alegría, una alegría que manifiesta la disponibilidad de habitar en esta cultura sin campanarios como situación favorable para el anuncio del Evangelio.
«No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si, por negligencia, por miedo, por vergüenza —lo que san Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio— o por ideas falsas, omitimos anunciarlo?»
El sentido de este texto es el siguiente: Dios puede salvar más allá de nuestro anuncio; pero si no predicamos, ¿podemos ser salvos? No en el sentido de que si no evangelizamos faltamos a un deber, sino en el sentido de que nosotros, destinatarios preciosos de la gracia, no la hemos hecho nuestra, no nos ha alcanzado. Y entonces es legítimo cuestionar nuestra salvación. Si el encuentro con el Señor Jesús ha llegado a nuestra vida, no puede ser tenido solo para uno mismo. Si lo mantenemos solo para nosotros, entonces no nos ha alcanzado de verdad, y por lo tanto es legítimo cuestionar nuestra salvación.
«El entusiasmo evangelizador se fundamenta en esta convicción. Tenemos un tesoro de vida y de amor que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar… No es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos.»
Evangelii Gaudium, 265-266
La motivación: la alegría
La motivación del anuncio es doble: la alegría de lo que se nos ha dado gratuitamente y con amor, y el deseo de dar a los demás lo que es más valioso para nosotros y sin mérito nuestro: «para que nuestro gozo sea completo» (1 Jn 1,1-4).
El centro de la vida del evangelizador es una relación personal. Sin la experiencia de la amistad y de la presencia de Jesús, se pierde el entusiasmo, se deja de estar seguro de lo que se transmite, falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie. Se trata de que el fuego del Espíritu arda dentro del evangelizador, como aquel que habla desde dentro y no desde afuera.
A partir del encuentro con Cristo, el discípulo misionero se reconoce a sí mismo como marcado a fuego para la misión de iluminar, bendecir, vivificar, sanar y liberar, animado por la pasión por Jesús y su pueblo (EG, 201); misión que compromete toda la vida. El encuentro se prolonga en la intimidad itinerante con Él, que lleva a la docilidad, al dejarse conducir por el Espíritu que ilumina y guía.
La obra de la evangelización no es nuestra, es de Él. El Resucitado actúa y no falta su gracia. En consecuencia, no se pierde ninguno de los trabajos realizados con amor, ni las preocupaciones, ni los cansancios, ni la paciencia vivida. Es el encuentro con Él lo que constituye la primera motivación para evangelizar. Estas convicciones alimentan la alegría misionera.
La virtud de la caridad es alcanzar almas para Dios; nuestra misión es iluminar y dar razón de nuestra fe. «¡Ay de mí si no evangelizo!», dice san Pablo. Y nos lo advierte a cada cristiano: estamos llamados a hacer discípulos, no solo a compadecernos de los no creyentes, sino a anunciar a Cristo Resucitado, nuestra alegría.
La parábola de la levadura — símbolo del Reino de Dios
Nuestro ser Iglesia nos compromete a ser lugar de misericordia gratuita, donde todos se sientan acogidos, amados, perdonados y alentados a vivir el Evangelio. Ello implica el proceso de hacerse todo para todos: Cristo mismo se anonadó tomando la condición de esclavo, bajó a los infiernos de nuestra miseria y desde allí nos redimió con su Sangre. En otras palabras, vivir a fondo lo humano e introducirse en el corazón de los desafíos como fermento testimonial.
En el esfuerzo por construir comunión, el privilegiar a los pobres es expresión de fe en Cristo pobre y cercano a los pobres, ya que el corazón de Dios tiene un sitio preferencial para ellos. Ello implica la ascesis que lleva a liberarse de las cadenas del individualismo indiferente y egoísta, y la preocupación por el cuidado de los más frágiles, los lentos, los débiles y los menos dotados.
El testimonio de comunión fraterna entre cristianos será atractivo y resplandeciente gracias al esfuerzo de cuidado, aliento y acompañamiento mutuo. Implica la mística del vivir juntos: mezclarnos, encontrarnos, tomarnos de los brazos, apoyarnos, participar; lo que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación, en la unidad y el amor fraterno. Se cultiva con la cercanía, el cariño y la ternura, teniendo como icono a María, para así poder anunciar a Jesús.