«No te detengas en mis lágrimas. Mira a Jesús»
El día de Nuestra Señora de los Dolores es el 15 de septiembre, día posterior a la Exaltación de Santa Cruz.
El Papa Benedicto XIII (1727) extendió la festividad de los Dolores a toda la Iglesia Universal (en el marco de la Cuaresma). Y San Pío X (1913) le dio el rango oficial que conocemos hoy. Con ello la Iglesia recuerda la compañía inseparable de la Virgen María al Pie de la Cruz en la Pasión de Jesús.
La Festividad nos hace contemplar y honrar el sufrimiento que vivió María a lo largo de la vida de su Hijo, resaltando su papel como Madre y acompañante en la Redención.
La devoción de la Virgen de los Dolores nació de un proceso de contemplación teológica y espiritual a lo largo de la Edad Media. Su origen responde al cambio en la sensibilidad religiosa de la Europa Medieval (siglos XI al XIII), donde teólogos y monjes comenzaron a reflexionar en la Pasión de Cristo desde la perspectiva de la Madre; se enfocaron en el amor, la compasión, empatía y la condición humana de María al sufrir por su Hijo, Jesús.
El auge sobre la meditación de la Cruz, el profundo interés por los pasos del Vía Crucis, y los sufrimientos físicos y emocionales de la Pasión dieron paso a la escritura de textos decisivos; se compuso el himno que se atribuye a Jacopone da Todi: "Stabat Mater Dolorosa, Iuxta Crucem Lacrimosa..." "Estaba La Madre Dolorosa, Llorando Junto a la Cruz".
La propagación de la Advocación fue a través de varias Órdenes Religiosas, Santos y decisiones Populares como:
-"Los Servitas" (Los Siervos de María) cuya espiritualidad gira en torno al sufrimiento vivido con esperanza.
--"Los Cistersienses" su tradición espiritual está profundamente marcada por la devoción Mariana. San Bernardo de Claraval, fue un gran enamorado de María y escribió mucho sobre Ella, se le atribuye la expresión (martyr in anima) mártir en el alma, no porque muriera físicamente como mártir, sino porque padeció profundamente en su interior al contemplar la Pasión de su Hijo; María PERMANECE junto a Jesús y participa de su dolor desde lo más profundo de su ALMA.
-"Los Franciscanos" a través de sus predicaciones populares, de los Vía Crucis en las Iglesias y calles, enseñaron al pueblo a acompañar a la Virgen en el Camino del Calvario.
-A través de Cofradías, Hermandades y Órdenes Misioneras: Jesuitas, Franciscanos, Dominicos, que llevaron esta Devoción al Nuevo Mundo.
La devoción gira en torno a "Los Siete Dolores de María" momentos de mayor aflicción en su vida. En cada momento que Acompaña a su Hijo en La Misión la Madre siempre tiene la Virtud de Amar de una manera NUEVA.
María está Allí. Amó, Permaneció. No huyó del Amor cuando el Amor se volvió Dolor:
1- La Profecía de Simeón: "y a Ti misma una espada te atravesará el alma" (Lc 2, 35) María no entiende el futuro, pero decide seguir confiando y caminando con Dios.
2- La huida a Egipto: el peligro y el exilio para proteger a su Hijo del Rey Herodes. María se pone en camino porque Dios se lo pide; su seguridad no está en que las circunstancias sean seguras o en un lugar, sino en CONFIAR en Aquel que la guía, Dios. Virtud del abandono confiado.
3- La pérdida del Niño Jesús en el Templo: tres días buscándolo; no deja de buscar hasta encontrarlo, búsqueda perseverante, virtud de la humildad; incluso quien Ama profundamente a Dios pasa por momentos de oscuridad.
4- Encuentro con Jesús camino del calvario: no puede evitar el sufrimiento de su Hijo, no puede quitarle la Cruz; pero sí puede COMPARTIRLA, virtud de la compasión.
5- La Crucifixión y Muerte de Jesús: María al Pie de la Cruz, al presenciar la agonía y muerte de su Hijo, La Madre PERMANECE, virtud de fortaleza entendida como la capacidad de seguir AMANDO cuando el corazón está roto.
6- El descendimiento de Cruz: Recibe y sostiene el cuerpo inerte de Jesús en sus brazos, en su inmensa ternura no hay reproches, solo AMOR.
7- La Sepultura de Jesús: La tristeza ante el Entierro y la Esperanza en La Fe. Cuando todo parece terminado María tiene una de las virtudes más difíciles: la esperanza contra toda esperanza, no deja de Creer.
En el Evangelio de San Juan 19: 25-27 "junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre"
Jesús confía a María al Discípulo Juan, momento en que María es entregada como Madre Espiritual de todos los creyentes.
¿Qué hizo posible que una mujer atravesara tanto dolor sin perder la esperanza? La respuesta no está en la fuerza de María, está en la Fidelidad de Dios. Ella creyó que Dios cumpliría su promesa. Desde el momento que María dijo "HÁGASE" nunca dejó de confiar en el Amor que la sostenía. María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón (Lc. 2,19). Actitud contemplativa e interior en el proceso activo de entrelazar los diferentes acontecimientos para buscar su sentido profundo.
La misión de María sigue siendo "Haced lo que Él os Diga".
Ninguna Lágrima había sido inútil. Todo había quedado abrazado por la RESURRECCIÓN de su Hijo.
Hablar de los Dolores de María, es hablar de su esperanza, de su fe, de su confianza en Dios y de su capacidad de conducirnos a Cristo. No la llamamos Bienaventurada porque sufrió más que nadie, sino porque creyó más que nadie, y esa fe sostuvo su esperanza, transformó su dolor en Amor y la convirtió en Madre de todos nosotros. El dolor no cerró su corazón, lo hizo todavía más capaz de acoger.
María Sabe acompañar también nuestras cruces; su corazón no es un destino final, siempre es un camino que orienta y conduce hacia su Hijo Jesús, nuestra esperanza!
Existe una conexión profunda entre Nuestra Señora de los Dolores y la Virgen de Fátima, tanto en la simbología visual de las apariciones como en el corazón mismo de sus mensajes.
A primera vista la imagen de Fátima evoca Luz y Esperanza, mientras que la de Los Dolores transmite Luto y Aflicción.
El vínculo visual más directo ocurrió durante la última aparición, en Cova de Iría, 13 de octubre de 1917, el día del famoso Milagro del Sol. Mientras la multitud presenciaba el fenómeno solar, los tres pastorcitos (Lucía, Francisco y Jacinta) tuvieron visiones celestiales; Lucía Dos Santos, relató en sus Memorias que la Virgen se le presentó bajo distintas advocaciones, y una de ellas fue explícitamente Nuestra Señora de los Dolores.
La presencia de la Virgen Dolorosa, en la gran manifestación final de Fátima, señala que el sufrimiento redentor es una pieza central del mensaje.
Llamado a la Reparación y los Siete Dolores. En Fátima, María muestra su Corazón cercado de espinas que le clavan quienes cometen pecados y blasfemias. Tanto la devoción a los Dolores como el mensaje de Fátima piden al creyente no solo acudir a María para pedir favores, sino "Acompañarla y Consolarla en su aflicción por la Humanidad".
Hay aquí una coincidencia teológica: Nuestra Señora de los Dolores centra su mirada en el dolor de María al pie de la Cruz en la Pasión de Cristo. Nuestra Señora de Fátima centra su mirada en la tristeza de María por la pérdida de almas y el alejamiento de Dios.
La respuesta que se pide al fiel es la misma en el fondo: meditación, conversión personal y compasión con la Madre; oración —el Santo Rosario—; penitencia y reparación por los pecadores.
Las dos Advocaciones señalan que el sufrimiento no es en vano si se une al de Cristo. En los Dolores, María sufre con Jesús por la Redención del Mundo. En Fátima, María pide a los niños y a los fieles que ofrezcan sacrificios y oración para colaborar en la salvación de las almas.
Pudiera decirse que la Virgen de Fátima es la actualización del mensaje de la Virgen de los Dolores en estos últimos siglos (XX y XXI), Fátima toma el dolor del Calvario y lo aplica a la realidad contemporánea, recordando que el Corazón de la Madre sigue sufriendo por los errores del mundo. Prometiendo al final una gran esperanza:
"Al Final, Mi Corazón Inmaculado Triunfará".
AnaSonia Gutiérrez Diplan
Gracias a D. Jaime Ripoll, Consiliario del Apostolado Mundial de Fátima en Mallorca, por sus consejos en esta reflexión.