Todos los Santos: una muchedumbre que nadie podría contar
Cuando éramos pequeños, los santos eran para nosotros figuras de las estampas: hombres y mujeres con aureola, la mirada perdida en el cielo, rodeados de luz. Personas tan distintas a nosotros que parecía imposible parecerse a ellos. Los mirábamos con admiración, pero desde lejos.
Y, sin embargo, la fiesta que celebramos el 1 de noviembre nos dice algo muy distinto. No celebramos solo a los santos de los altares, a los que tienen su día en el calendario. Celebramos a todos. También a los que nadie conoce. A los que vivieron y murieron sin que nadie escribiera su nombre en ningún libro, pero cuyo nombre está escrito en el cielo.
Lo que nos dice la Palabra de Dios
La primera lectura de la Misa de este día, tomada del Apocalipsis, nos regala una imagen preciosa. San Juan contempla el cielo y ve «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7,9), vestidos de blanco y con palmas en las manos.
Me impresiona esa frase: que nadie podría contar. El cielo no es un club reducido de personas extraordinarias. Es una multitud. Y en esa multitud están, seguramente, muchos de los nuestros: nuestros padres, nuestros abuelos, aquella vecina que rezaba el rosario cada tarde, aquel amigo que sufrió una larga enfermedad sin una queja.
Y el Evangelio de ese día son las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Jesús no nos da una lista de hazañas heroicas. Nos habla de los pobres de espíritu, de los que lloran, de los mansos, de los misericordiosos, de los limpios de corazón, de los que trabajan por la paz. Es decir: de una manera de vivir. El camino de la santidad no pasa por hacer cosas extraordinarias, sino por hacer las cosas ordinarias con un amor extraordinario.
Una fiesta con mucha historia
La Iglesia empezó muy pronto a honrar a sus mártires. Con el tiempo, al ser tantos, se buscó un día para recordarlos a todos juntos. A comienzos del siglo VII, hacia el año 609 o 610, el papa Bonifacio IV consagró el antiguo Panteón de Roma, que había sido templo de todos los dioses, a la Virgen María y a todos los mártires. Más tarde, el papa Gregorio III dedicó en la basílica de San Pedro una capilla a todos los santos, con su aniversario el 1 de noviembre, y Gregorio IV extendió la fiesta del 1 de noviembre a toda la Iglesia en el siglo IX.
Siempre me ha parecido muy significativo que la Iglesia ponga juntos, en dos días seguidos, a Todos los Santos y a los Fieles Difuntos. El 1 de noviembre miramos a los que ya han llegado. El 2 de noviembre rezamos por los que todavía están en camino, purificándose para entrar en la casa del Padre. Es la gran familia de la Iglesia: los que peregrinamos en la tierra, los que se purifican y los que ya gozan de Dios. Y todos estamos unidos. Es lo que rezamos en el Credo: creo en la comunión de los santos.
Todos estamos llamados
El Concilio Vaticano II lo dijo con toda claridad: todos los fieles, de cualquier estado o condición, «están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Lumen Gentium, 40). No solo los sacerdotes, ni las religiosas, ni los que tienen una vocación especial. Todos. El padre de familia, la madre que cuida de sus hijos, el médico, el que está jubilado, el enfermo que ofrece su dolor.
El papa Francisco hablaba de la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios (Gaudete et exsultate, 7). Personas que, sin hacer ruido, nos acercan a Dios. Seguro que todos conocemos a alguno.
Hay una frase del escritor francés Léon Bloy, en su novela La mujer pobre, que siempre me ha hecho pensar: «Solo hay una tristeza: la de no ser santos». Porque, al final, para eso hemos sido creados. Para el cielo.
Fátima: unos niños que llegaron a ser santos
Para quienes formamos parte del Apostolado de Fátima, esta fiesta tiene un brillo especial. Porque en Fátima la Virgen eligió a tres niños pastores, pobres y sin estudios, y dos de ellos están hoy en los altares.
El 13 de mayo de 1917, en la primera aparición, Lucía se atrevió a preguntar a la Señora si ella iría al cielo. «Sí, irás», le respondió. Y Jacinta también. Y Francisco también, «pero tiene que rezar muchos rosarios». Me conmueve la sencillez de aquella pregunta. Es la pregunta más importante que podemos hacernos en la vida. Y la Virgen la respondió con la misma sencillez.
En aquella misma conversación, Lucía preguntó por dos muchachas conocidas suyas que habían muerto poco antes. De una, la Virgen dijo que ya estaba en el cielo. De la otra, que estaría en el purgatorio hasta el fin del mundo. Es una respuesta que impresiona, y que nos recuerda que la santidad no es algo que se improvisa al final, y que nuestros difuntos necesitan de verdad nuestra oración.
Francisco y Jacinta murieron muy jóvenes, a consecuencia de la epidemia de gripe que asoló Europa al final de la Primera Guerra Mundial: Francisco en 1919, con diez años, y Jacinta en 1920, con nueve. Fueron beatificados por san Juan Pablo II el 13 de mayo del año 2000, y el papa Francisco los canonizó en Fátima el 13 de mayo de 2017, en el centenario de la primera aparición. Son los santos no mártires más jóvenes de la historia de la Iglesia.
¿Y qué hicieron para llegar a ser santos? Nada extraordinario a los ojos del mundo. Francisco pasaba horas delante del sagrario, acompañando a Jesús escondido, porque quería consolar a Nuestro Señor, que estaba tan triste por los pecados de los hombres. Jacinta ofrecía pequeños sacrificios por los pecadores y rezaba mucho por el Santo Padre. Rezaban el rosario. Amaban a Jesús y a María. Y lo hacían cada día, con perseverancia, en medio de una enfermedad que los fue consumiendo.
Lucía vivió muchos años más, como la Virgen le había anunciado, y murió en el Carmelo de Coímbra el 13 de febrero de 2005. El 22 de junio de 2023 el papa Francisco reconoció sus virtudes heroicas y la declaró Venerable. Quién sabe si algún día la veremos también en los altares junto a sus primos.
El camino que nos enseñó la Virgen
Lo que más me gusta de Fátima es que la Virgen no pidió a los pastorcitos cosas imposibles. Les pidió que rezaran el rosario todos los días, que ofrecieran sacrificios por la conversión de los pecadores, que repararan las ofensas a su Inmaculado Corazón. Cosas pequeñas, que cualquiera de nosotros puede hacer. Ese es también nuestro camino.
En la aparición del 13 de julio, la Virgen les pidió que, al rezar el rosario, dijeran después de cada misterio esta oración:
«Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas»
Es la misma oración que hoy rezamos en todo el mundo en cada rosario. Lleva al cielo a todas las almas. Esa es la gran ilusión del Corazón de María: que ninguno de sus hijos se pierda. Que todos lleguemos a formar parte de esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar.
Un recuerdo para estos días
Estos días de noviembre muchos iremos al cementerio a llevar flores a nuestros seres queridos. Es una costumbre muy nuestra, muy hermosa. Pero las flores se marchitan. Lo que de verdad les llega es nuestra oración. Una Misa ofrecida por ellos, un rosario, una visita al Santísimo.
Y al mismo tiempo, mirar a los santos nos llena de esperanza. Ellos fueron como nosotros. Tuvieron miedos, cansancios, caídas. Pero se dejaron amar por Dios y se agarraron fuerte de la mano de María.
Pidámosle a la Virgen de Fátima, Reina de todos los Santos, que nos enseñe a ser santos en lo pequeño de cada día. Como Francisco y Jacinta. Como tantos santos «de la puerta de al lado».
Porque el cielo no está reservado a unos pocos. Está esperándonos a todos.
José Francisco
Apostolado de Fátima en Mallorca