¿Pescar en pecera o en alta mar?
Precisamente este es el dilema que a mí me hace pensar: el Señor nos envía a pescar, pero no en una pecera sino en alta mar. Y eso ¿qué tiene que ver?, me diría a mí mismo, total, son peces igual.
Pero si lo miras bien hay una gran diferencia. Unos están reunidos en un mismo lugar, no por eso quiere significar que tiene que ser más fácil la pesca, sino que en algún momento podrían picar el anzuelo. ¡Sería pesca también! En la pecera tiene que haber diferentes técnicas para realizar la acción, y para ello se necesita un entrenamiento y agilidad mental.
A veces podemos vivir el espejismo de que todo el mundo está en nuestra onda y sabe de qué hablamos. Sucede cuando nos movemos en círculos concéntricos, con sectores más o menos amplios pero que coinciden con nuestros planteamientos y manera de pensar.
Convocamos conferencias, realizamos retiros, escribimos artículos que normalmente tienen vocablos y tecnicismos difíciles de entender para aquellos que no están familiarizados con el sector de nuestra vivencia personal. Creo que Dios nos llama a ser pescadores de almas, no guardianes de la pecera.
Un buen pescador sabe dónde pescar. Si ve que no salta ningún pez, dice una frase que me parece acertadísima: «No tiene el menor sentido pescar donde no hay peces». ¡Me parece realmente fantástico y del más precioso sentido común! Y es que a veces estamos anclados en el mismo lugar sin tener un solo pez.
Llevo demasiado tiempo pensando en algo que no puedo sacar de mi mente: ¿estamos realmente pescando almas en el lugar correcto? ¿Recordáis al Señor Jesús cuando estaba en esta tierra, cómo trataba todo este tema? Le llamaban amigo de publicanos y pecadores, compartió mesa con Leví y sus amigos, pasó la noche en casa de Zaqueo, dejó que la mujer del vaso de alabastro quebrara aquella hermosura y la derramara sobre sus pies con sus cabellos. Y a eso se le llama hacer amigos primero.
¿Cómo estamos pescando? ¿Dónde no hay peces? ¿Nos predicamos a nosotros mismos, o a las sillas vacías? Todo esto me parece absolutamente incorrecto, lleva consigo muy poca dosis de amor y una dosis muy alta de endogamia que no conduce a nada bueno.
No hace mucho leí algo que me pareció encantador y muy ilustrativo, lo comparto con todos vosotros: «No digas nunca que no sirves, para Dios todos sirven, aunque no todos para lo mismo. Si Dios pudo usar un simple gallo para recuperar a un discípulo como Pedro, también puede usarte a ti».
Pensemos en la misión del gallo:
1. El gallo se levanta temprano e inmediatamente emprende su tarea, que Dios le ha confiado.
2. El gallo no se niega a cantar porque existan ruiseñores. Hace lo que puede, lo mejor que sabe.
3. El gallo sigue cantando aunque nadie lo anime ni se lo agradezca. En realidad, no espera que nadie lo haga.
4. El gallo despierta a los que duermen. Su tarea es impopular, pero necesaria.
5. El gallo proclama buenas noticias: acaba de amanecer. Ante ti tienes por estrenar un nuevo día, lleno de magníficas oportunidades.
6. El gallo es fiel cumplidor de su tarea. Se puede contar con él. No falla nunca. Es un excelente centinela.
7. El gallo nunca se queja de tener que hacer siempre lo mismo, de que nadie le felicite o de que a nadie le importe.
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Colosenses 3, 23).
Sé bien que no está precisamente relacionado de un modo específico con la tarea de evangelizar, pero tiene mucho que ver, y realmente me parece muy bueno.
Llevar el mensaje del Evangelio requiere la tarea del gallo y mucho más: el amor y la compasión en las que hemos estado insistiendo, nacidas de un corazón que ha sido pecador, perdido y sin esperanza, y por el que alguien tuvo el suficiente amor como para ir a donde fuera, salir de mirarse para el ombligo y sentirse satisfecho, y echar la caña de pescar en el lugar correcto.
Me da lo mismo pescar que comportarme como un gallo; lo que quiero es llevar la vida que mi Señor me dio a todos los que la necesitan. ¿Pero cómo lo hacían los apóstoles?
En tiempos de Jesús, los pescadores israelitas tenían que saber qué tipo de peces podían pescar (Lev 11, 9-12). También necesitaban saber dónde encontrarlos. Los peces suelen estar en las zonas donde las condiciones del agua son mejores para ellos y donde hay suficiente alimento.
¿Y tiene alguna importancia la hora a la que los pescadores salen a hacer su trabajo? Si nos decidimos a ir a pescar solemos quedar en una hora para ir: ¿nos vemos a las 09:00 h? Pero esto no funciona así: la hora depende de los peces, no de nosotros. Esto me quiere decir que hay que conocer el mar, hay que saber navegar y conocer el lugar.
De modo parecido, los pescadores de hombres del siglo primero salían a pescar a las horas y en los lugares en los que era más probable que encontraran peces. Por ejemplo, los discípulos de Jesús predicaban en el templo, en las sinagogas, de casa en casa y en la plaza de mercado.
Para ser pescador hay que ser valiente, pues el mar es impredecible: a menudo hay que trabajar de noche y de repente pueden formarse tormentas, dificultades, como la oposición de nuestros familiares, las burlas de nuestros amigos y el rechazo de la gente, todo porque no comprenden que los laicos somos pescadores también.
Ser disciplinado significa tener la capacidad de obligarnos a hacer lo que debemos. Un buen pescador debe ser disciplinado para levantarse temprano, para quedarse hasta terminar su faena y para seguir pescando aunque haga mal tiempo. Los cristianos también debemos ser disciplinados si queremos aguantar hasta terminar nuestra obra (Mt 10, 22).
Un pescador mide su éxito por la cantidad de peces que pesca. Pero nosotros a veces no podremos contar las almas, pues el que obra la conversión es Dios; nosotros debemos revestirnos de Cristo y emplear las armas que la Iglesia pone a nuestro alcance: la oración, los sacramentos, el estudio y comprensión de la Escritura, y la devoción al Corazón de María, nuestra Madre y Corredentora.
Cuando Jesús estuvo en la Tierra, hizo la invitación de ser sus discípulos a pescadores humildes y trabajadores. Hoy día, Jesús invita a personas que tienen esas mismas cualidades a ser pescadores de hombres.
El apostolado de María es ser con ella corredentores en la Obra de Dios, a ejemplo de nuestra Madre. «Haced lo que Él os diga»: la gran misión es que conozcan a Jesucristo y por su Amor lleguen a la plenitud de los Hijos de Dios.
Rafael Verger
Apostolado de Fátima en Mallorca